sábado, 27 de marzo de 2021

 

CARTA PÚBLICA A LA “PROFESORA” MILDRED ESPARRAGOZA

 

Revisando las redes me he encontrado un ensayo suyo, titulado “Licitud de la Prueba de ADN en el Proceso Penal Venezolano”, publicado y disponible en: https://es.calameo.com/books/00005388216be3bdb07ab. Ahora bien, “profesora” Esparragoza, usted cita sendas páginas completas de un trabajo mío (¿Es posible la extracción de sangre al imputado sin su autorización?) publicado en el diario El Caroreño, en varias entregas, en el año 2007,  el cual, posteriormente fue publicado en un libro de mi autoría en el año 2008: “Anotaciones de derecho procesal penal”, editado por la Editorial Berkana Hispanoamericana, y seguidamente, en el 2011, en mi obra “Estudios de Derecho Procesal Penal”, por la editorial Vadell Hermanos Editores, Caracas, con varias reimpresiones; en Buenos Aires, Argentina, en 2018, por Ediciones Olejnik; y, finalmente, publicado en Bogotá, Colombia, en 2020, por el Grupo Editorial Ibáñez. Próximamente será editado en México.

Según leo en las redes, usted es “docente” instructora de la Universidad Bolivariana de Venezuela. Según usted también es “abogada”, y, como tal, debería saber que el plagio es un delito, mucho más embarazoso si quien lo comete es una profesional quien funge como facilitadora/docente en una universidad.

Usted debería saber que en un ensayo o artículo científico se DEBE citar las referencias bibliográficas y RESPETAR el derecho de autor.

No es la primera vez que alguien plagia mis trabajos. En Maracaibo, un alumno de postgrado del profesor, Dr. José Luis Tamayo Rodríguez, plagió casualmente el citado ensayo “¿Es posible la extracción de sangre al imputado sin su autorización?”, con tan mala suerte para él, que desconocía que el profesor Tamayo Rodríguez conocía mi libro “Anotaciones de derecho procesal penal”, por cuanto fue él quien lo prologara, conjuntamente con el profesor, Dr. Eric Lorenzo Pérez Sarmiento. Un “abogado” del Perú también plagió ese ensayo mío y otros que aparecen publicados en mis Blogspot. Esa ha sido una de las razones por la que he optado no publicar mis trabajos en las redes.

“Profesora”, Esparragoza: no perderé mi tiempo en entablar una acción en su contra por el desvergonzado, insolente, y descarado plagio que usted cometió en mi contra. Pero le sugiero que como “docente” de la Universidad Bolivariana de Venezuela, adiestre, eduque, enseñe e instruya a sus alumnos, que plagiar es un delito.

Sin más a que hacer referencia,

                         Prof. Leonardo Pereira Meléndez

                                    V-9.846.962

 

miércoles, 1 de agosto de 2018







La Obra “Estudios de Derecho Procesal Penal”, fue editada en Buenos Aires, Argentina, y la misma se distribuirá en Madrid (España), Buenos Aires (Argentina), Bogotá (Colombia), Lima, México y Santiago de Chile, siendo encargada de la distribución: la empresa Mapuche Distribuciones,  Talcahuano 481, 2do. Piso, Oficina 13, Capital Federal - Buenos Aires - Argentina.  Tel.: +54(11) 4.381-1442 / +54(11)4382-7943,  emapuche@hotmail.com.

martes, 10 de abril de 2018

POLITO...MI QUERIDO VIEJO

¡Oh, Dios mío! ¿Qué decir, qué palabras pronunciar, qué verbos o vocablos escribir, cuando se despide a un hombre que además de ser su padre biológico, fue un gran maestro, la última raíz que sostenía, con orgullo y valentía, ese árbol frondoso que tantas veces derramó luz sobre nosotros? ¿Cómo despedir a alguien que ha estado, está y estará siempre, profundamente vinculado con los más altos ideales religiosos, de la decencia y de la honestidad? ¿Cómo despedir a alguien que nunca le tuvo miedo a la muerte, que aceptó que ella –la muerte– forma parte esencial de la vida? ¿Cómo separar el dolor y desterrar las imágenes, los recuerdos, sin perder la serenidad y el aplomo que reflejaba su sola presencia? Difícil cuando no imposible. Por designios ignotos de la vida, me ha tocado despedir en el Huerto del Señor, a los seres que más he amado en toda mi vida. (Primero fue a Don Manuel Jesús Meléndez, mi siempre idolatrado y admirado Papa Chú…).  Polito, el viejo Polo, así llamaba yo a mi amado padre, un hombre que cometió muchos errores, y, como cristiano, cometió muchos pecados, como los hemos cometidos todos los hijos de Dios, desde la creación del macrocosmo. Sin embargo,  en sus imperfecciones humanas,  de continuo buscó enmendar sus faltas o traspiés, y nos enseñó a sus hijos, que la honradez, la dignidad, la lealtad, son principios y valores que de ningún modo, debemos apartar de nuestra formación ciudadana, si aspiramos a construir un mundo mucho mejor, donde prevalezca la equidad social y el bien común.  Pese a su longevidad y larga enfermedad, en absoluto perdió la lucidez y la sagacidad de su imaginación. Sus hijos nos habíamos “preparado” para el desenlace natural de su final terrenal.  En mi caso particular, pensé que yo lo aceptaría como él tanta veces me lo había pedido, en las múltiples tertulias, que ambos mantuvimos, ora en los viajes a San Pedro, ora en los hermosos poblados de los Andes venezolanos, ora en el Caney de su casa, acostados cada uno en una hamaca, conversaciones que casi siempre versaban sobre literatura, poesía o la historia local de Carora; sus análisis del acontecer político diario eran certeros,  resultados, probablemente, de su madurez, de su honda erudición. Le fallé. No le cumplí al viejo Polo. Porque me ha costado mucho aceptar su desaparición física. Saber que no podemos tocarlo, ni oír sus consejos, sus “regaños”, que ya no estará físicamente con nosotros, me ha dolido mucho, y, a solas, he llorado como un niño. El día que lo sembramos en el camposanto, esa noche, le hice una promesa: al día siguiente busqué a mi hermano Hipólito José (Cheo) Álvarez, hablé con él y a la vez que le pedí perdón, le comenté que no quería cometer el mismo error que nuestro padre había cometido con su hermano Jesús María Álvarez. Esa mañana sentí que el viejo Polo, me tomaba de la mano, y se alegraba de ver a sus malcriados hijos abrazados. Muchos son los que me dicen que heredé su carácter. Quizás sea así. Lo cierto es que nunca voy a olvidar sus enseñanzas, el buen y digno ejemplo que nos deja a toda su descendencia. Se nos fue el viejo Polo. Se me fue Polito. ¿Con quién conversar de los temas existenciales de la poesía, a quién confiarle mis alegrías y desilusiones? Hace años me dijiste, ¡Oh, padre!, que la vida era hermana de la muerte, y que la muerte viene junta con el olvido. Pues bien, Polito, hoy yo vuelvo a repetirle lo que aquel entonces fue mi respuesta: cuando se quiere de veras, nunca se olvida.  Y mi amor por usted es perenne, sempiterno, como el suyo por su bienamada madre. leopermelcarora@yahoo.es

miércoles, 21 de marzo de 2018


SOBRE EL REALISMO MÁGICO DE CARORA Y LOS RIESGOS DE LA LITERATURA



                                                          -1-

Cuando escribí la crónica Mi Regreso a la Sultana del Ávila, yo tenía apenas diecinueve años de edad.  Hoy en día tengo cincuenta y un años. No me arrepiento de haberlo escrito y publicado. Aunque está claro –evidente e irrebatible– que el Leonardo de aquél entonces y el de hoy,  en nada se parecen.  Tiempo después que escribiera Mi regreso a la Sultana del Ávila (Vid. Elucubraciones de un Caroreño, 1992; Corte de Apelaciones, 2014) cayeron en mis manos, no pocos libros bibliográficos de personas que, en su vida mundana, fueron personas pérfidas e inicuas, verbigracia,  Pablo de Tarso (Saulo),  quien luego de perseguir y matar a los cristianos, fue elegido por el propio Jesús de Nazaret, para que llevara su palabra a regiones remotas, convirtiéndose en uno de los grandes pilares fundamentales del cristianismo. Santa María Magdalena, a pesar de haber sido una prostituta, una hermosísima pecadora de los placeres terrenales, no sólo fue perdonada por nuestro Señor Jesucristo, sino que fue de las pocas personas, que estuvo al lado de la  Madre de Jesús, durante el martirio, tormento, suplicio,  que padeció el hijo de Dios; estuvo, digo, a los pies de la cruz, acompañando a María, la Madre de Jesús; y, estuvo presente cuando sepultaron los restos del más grande de todos los hombres nacidos en este mundo. Por si ello fuera poco, es la primera persona a quien se aparece Jesús de Nazaret, ya resucitado.  En cuanto a la figura del Papa, o mejor, de los Papas, hay quienes, dedicados a escudriñar la historia, han descubierto que muchos pontífices –Vicarios de Cristo– tuvieron hijos.  El Papa Inocencio I, sucedió a su padre biológico, el Papa Anastasio I.  El Papa Silverio, fue elegido Cabeza de la Iglesia (Sumo Pontífice), trece años después de que muriese su padre, el Papa Hormisdas.  Estos cuatros Vicarios de Cristo, son Santos de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.  El Papa Nº 48 de la Iglesia Católica, es San Félix III (483 – 492).  Tuvo dos hijos, antes de ser elegido para suceder al Papa Simplicio en la silla de San Pedro (Primer Papa). Era hijo de sacerdote y estuvo casado.  El abuelo paterno del Maestro, Don Luis Beltrán Guerrero,  es el sacerdote Domingo Vicente Oropeza, padre biológico de Don Alejandro Meléndez, a su vez, padre natural del más grande humanista del siglo XX venezolano.  No voy a entrar en detalles si los sacerdotes tienen derecho o no, a tener familia. Cuando se publicó mi libro Corte de Apelaciones (2014), hice un par de comentarios a pie de página a mi crónica Mi Regreso a la Sultana del Ávila, donde mencioné a mi gran amigo, el Presbítero y Licenciado en Teología y Filosofía, Ramón Luis Crespo Lobato –de grata recordación–, a quien obsequié mi libro Corte de Apelaciones, para que leyera lo que yo había escrito sobre él. Su respuesta fue su acostumbrada sonrisa y sin darle importancia alguna, ese día platicamos sobre el acontecer político y otros tópicos de Carora y sus gentes. Antes de salir publicada mi novela Cementerio de Voces, él –el Presbítero Ramón Luis Crespo Lobato– la leyó completa, en el año 2012, y cada vez que nos veíamos solía preguntarme cuándo se publicaría. Nunca hubo ningún reclamo de parte suya, porque Ramón –en el lenguaje del cariño y afecto familiar–  era un hombre muy culto, un gran conocedor de la literatura universal, y un incansable lector de cuanto libros caían en sus manos. Sin que  quede duda alguna, él fue el sacerdote caroreño más culto y académico nacido en  el siglo XX.  Me acompañó a mediados del año 2014, en un acto público, cuando fui designado como orador de orden en el Concejo Municipal de Torres, en la conmemoración del Aniversario del Ateneo de Carora “Guillermo Morón”, del cual era Miembro Honorario. Nunca le llegué a preguntar directamente, si era cierto o no, lo que en toda Carora se comentaba. Muchos a sus espaldas, lo criticaban, y él lo sabía. Nunca nuestra amistad se rescabrajó. Su amado padre llevó a mi casa la tarjeta de invitación a su ordenación sacerdotal en la Ciudad de Caracas, y a la misma asistí acompañado de mi primo Julio Antonio Meléndez. Leyó mi novela y nunca hubo ningún reproche hacia mi persona.  Pero, acá entre nos, ¿Qué de malo hay que un eclesiástico, sacerdote o Ministro del Señor, tenga hijos? San Ignacio de Loyola (1491 – 1566), tuvo una hija, mucho antes de ser declarado Santo, por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. ¿A qué viene todo este cuento? ¿Qué se trae entre manos, este demonio de Leonardo?, se preguntará el erudito y estudioso lector. Muy simple: si bien en una ocasión señalé algunas circunstancias nimias acerca de mi otrora profesor de artes, en mi artículo Mi Regreso a la Sultana del Ávila, quiero dejar constancia inequívoca y cierta, que el Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, aún no era sacerdote, y quizás, ni pensaba serlo. Era, simplemente, un hombre común y corriente. Un educador prestado a la abogacía, hasta que recibió –años más tarde– el llamado genuino y verdadero de Dios, Padre Omnipotente y Omnipresente.  Cuando el segundo Obispo de Carora, Monseñor Ulises Antonio Gutiérrez,  hubo de ser trasladado a la Arquidiócesis de Ciudad Bolívar,  con frecuencia visitaba mi casa materna, Monseñor Carlos Alberto Murillo, quien es noble y distinguido amigo de mi familia, sobre todo de mis padres, Doña Gregoria Urbana Meléndez y Don Hipólito Álvarez Betancourt. Con él, con el Padre Murillo, como acostumbro a llamarlo –afectivamente– entablé varias tertulias referidas,  a quién de los sacerdotes caroreños actuales, podría ser el indicado para suceder al hoy Arzobispo, Monseñor Ulises Antonio Gutiérrez Reyes. Ambos  –afortunadamente– coincidíamos que, sólo un hombre era el adecuado: el Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, quien,  además, de haber sido un ilustre e ilustrado educador, como abogado demostró sabiduría y humildad, cualidades difíciles de encontrar –penosamente– en la mayoría de los egresados de las escuelas de Derechos de las diversas casas de estudios  del país.  Alberto Álvarez Gutiérrez, o “Betote” –como afectuosamente es nombrado por quienes lo conocen– tiene una particularidad: es un hombre honesto. Un hombre digno. Decente. Honorable. Así lo reconocen, propios y extraños; en otras palabras, el pueblo entero. La voz del pueblo caroreño.   El viejo proverbio vox populi, vox Dei (“La voz del pueblo, [es] la voz de Dios”), no se cumplió en esta oportunidad. Toda Carora, todos los carorenses, rezábamos para que el Papa Francisco, designará al Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, como el tercer Obispo de la Diócesis de Carora. Sordideces  humanas no lo permitieron. En su lugar, fue nombrado Mons. Luis Armando Tineo Rivera.  El Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez, no solo ha sido un consumado servidor de Dios, sino que, a lo largo del tiempo, se constituyó en una referencia notable en la academia y en la educación venezolana, así como en un conspicuo escritor de prosa pulimentada y perdurable como el mármol imperecedero. Sus obras, La Confesión de Fe en Monseñor Salvador Montes de Oca, y, Sobre Ramón Pompilio Oropeza, se hayan en un sitio predilecto en mi biblioteca. Sigo pensando que él –el Presbítero, Dr. Alberto Álvarez Gutiérrez– merecía haber sido nombrado –para honra de Carora– el tercer Obispo de la Diócesis de Carora.
                                                          -2-
Confieso que soy cristiano ortodoxo. No fanático. Mucho menos adulante. Guardo relación amistosa con varios sacerdotes venezolanos. Algunos han sido alumnos míos, a nivel de postgrado, como el Presbítero, Dr. Gerardo Moreno, a quien tuve el magno honor de prologar una novela suya: Amor en 3D. A nivel de bachillerato, o de educación media, tuve el privilegio de darle clases a tres jóvenes que luego de obtener el título de Bachiller, oyeron el llamado de Dios Padre (Abba) y escogieron el camino del sacerdocio. Como, por ejemplo, el Presbítero y Lic. Mario Piñango, sacerdote de la Parroquia San José de Siquisique, Municipio Urdaneta del estado Lara, es uno de mis amigos y además, uno de mis ex alumnos más aventajados. El Presbítero, Magíster y Licenciado Jaime Vivas, es otro gran amigo, a quien recuerdo, por haberse acercado a mi oficina, en los días postreros, del secuestro y asesinato de mí hermano Luis Alberto Meléndez Meléndez. El Padre Jaime Vivas, es un hombre ecuánime, académico y erudito en filosofía y  teología. El Presbítero y Licenciado, José Gregorio Quero Sierra, es otro sacerdote admirable, a quien conozco desde mi infancia, por estar cerca su casa de la mía, allá en la Calle San José, de la Guzmana. Es un clérigo consagrado tan solo a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana. Con frecuencia lo he visto visitar el caserío de San Cristóbal (de Aregue), mi macondo, mi pedacito de cielo, a dar misas y oigo sus ceremonias en silencio y completas, sin salirme del templo o de la capilla, porque me entusiasma su sencillez, lo cual es propio del hombre sabio. Aunque no es entusiasta de la literatura de ficción, es un erudito en tópicos teológicos y filosóficos, y sigue al pie de la letra, los mandatos de la Iglesia. Docto en asuntos religiosos, místicos y escolásticos. Mi álter ego, mi otro yo narrador, fabulador, relata en la novela Cementerio de Voces –escrita a cuatro manos, pues, según mi álter ego, mi difunto hermano Luis Alberto, lo ayudó a escribirla– un comentario baladí, vacío,  nimio, pueril, que oyó de una abogada, acerca del Presbítero y Licenciado, José Gregorio Quero Sierra. Seguro estoy que la intención de mi álter ego, no fue perniciosa. Si bien, en ocasiones, no comparto su manera de actuar y de escribir, sé perfectamente que en su corazón no hay un ápice de malquerencia o perversidad contra nadie, su pasión es la literatura, la poesía, como la mía es el Derecho Procesal Penal. Lo sé, porque su corazón es mío también, a pesar de que a él (álter ego) le guste andar de bluyín y suéter, y a mí de flux y corbatas.  Tanto mi álter ego como yo, sabemos que el Presbítero y Licenciado José Gregorio Quero Sierra, es un hombre honrado, decente, y honorable. Uno de los sueños del Licenciado y Teólogo, José Gregorio Quero Sierra –dueño de un hidalgo corazón–  es convertir la Iglesia Nuestra Señora de la  Chiquinquirá de Aregue en Basílica Menor; como lo es la Basílica Menor Nuestra Señora de la Coromoto y lo es la Basílica de la Chinita, Maracaibo, desde el año 1921. Mi sueño es otro: Quisiera que el cuarto Obispo que sea designado para la Diócesis de Carora, sea un caroreño, y él es mi candidato. Dos caroreños se graduaron con honores en Roma: Ramón Luis Crespo Lobato y José Gregorio Quero Sierra. Ambos recibieron los pergaminos académicos de manos de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, santo en vida y canonizado después de muerto, cuya imagen en una medalla me acompaña siempre, porque lo admiré en vida y leí parte de sus encíclicas.
                                                          -3-
 Soy cristiano, creo en Abba, pero no soy sectario, fanático ni extremista. Para los católicos, Santa María Magdalena fue una prostituta. En Cambio, para los caballeros templarios, ello formó parte de una ignominia contra el legado de María Magdalena. He leído que María Magdalena jamás fue prostituta. Existen evangelios prohibidos por la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, verbigracia, el Evangelio prohibido de San Bernabé. La obra Templarios, hijos del Sol y el Hijo de la Promesa, de Cesar Imbellone, es uno de los tantos libros vedados a los católicos.  A comienzo de  la década de los ochenta  –el 28 de marzo de 1980, para ser preciso–  unos obreros descubrieron la cripta o mausoleo de Talpiot al escarbar las raíces de un bloque de edificaciones en el este de Talpiot.  Encontraron una tumba de unos 2000 años de antigüedad. Para grandes investigadores, ése sepulcro no era otro que la tumba de Jesús, el hijo de María y José El Carpintero.  En el año 2001, el actor español Antonio Banderas, protagonizó una película, cimentada en la novela  El Cuerpo  The body– del escritor  Richard Sapir.  La película versa sobre el descubrimiento arqueológico de la tumba de Jesucristo. La recomiendo, pero no quiero entrar en detalles; lo que sí quiero aducir,   es,  que,   hace ya algún tiempo,  a alguien le escuché comentar que si “Jesús de Nazaret, no era hijo de Dios; es el único en toda la humanidad, que ha merecido serlo”, máximas que me absorbieron tanto, que, en determinadas ocasiones, frecuento citar  a mis educandos. Respeto las ideas ajenas. Pero soy de los que no se sientan en la misma mesa, con aquellos que creen que sólo ellos son dueños de la verdad absoluta. Me da pavor. Me da miedo. Siempre le he temido a la ignorancia y a la estupidez. Juandemaro Querales, Míster Solo, cree que es posible que Jesús de Nazaret haya vivido y muerto en Cachemira, y le da la razón al escritor Andreas Faber-Káiser; cree inclusive que Jesús tuvo descendencia con Magdalena; yo, en cambio, como sé que el Presbítero Carlos Vivas, y mi bienamada madre, leerán ésta crónica, me abstengo de dejar constancia de mi discernimiento.

                                        









viernes, 29 de octubre de 2010

EL VIEJO POLO

Revisando mis anaqueles –atiborrados de libros, epístolas, fotos, que sólo yo, de cuando en cuando, veo y acaricio– encontré varios poemas escritos por mi padre, don Hipólito Antonio Álvarez; algunos se remontan a la décadas de los noventa; publicados en su mayoría en la otrora Universidad de los Caroreños: El Diario de Carora. A través de los años, el viejo Polo, ha demostrado –por medio de sus pensamientos– que es un aeda auténtico, autodidacta que nunca ha obedecido ni obedecerá a preceptos de ninguna escuela o tendencia literaria. Lector incansable. Seguidor de la obra de Rubén Darío, Andrés Eloy Blanco y Federico García Lorca. A pesar de ello, jamás ha podido –y en eso, quizás nos parecemos a él– nutrir su espíritu con las lecturas de los grandes maestros; porque nunca le interesó –menos ahora– la gloria o el olvido de la vida; simplemente, escribe, porque siente la necesidad de cantarle a los pájaros, a la tierra y, en cierto modo, a su pasado. El viejo Polo –como lo llaman en la intimidad familiar– nació un 26 de enero de 1925 en la mariana población de Aregue; para ser más concreto, en el caserío de La Cruz Verde. Lo soleado de las tardes, la noche entristecida, la infancia, el recuerdo de los abuelos, el polvorín de la quebrada, las caminatas con doña María Álvarez, la necesidad de hacerse hombre antes de tiempo, los silencios prolongados con su hermano mayor, don Jesús María Álvarez, se increparon con fuerza y para siempre en su alma. Cierto que su temática es envejecida; sí, pero está ceñida a una espiritualidad, realmente envidiable. Probablemente, en ello nos diferenciamos. Un fantasma rodea su entorno: el recuerdo de su madre muerta. A ella, a mi abuela (a quien recuerdo claramente llevándole unas copas de cristal a mi madre, allá en la lejana casa solariega de la calle San José, y trayéndome carritos llenos de caramelos) dedica gran parte de su producción poética, la cual he recopilado para publicarla el año entrante, bajo el título de Ventanal Poético. leopermelcarora@yahoo.es

ERA MI MADRE
La vi pasar y no era ella.
Pero cuando dobló la esquina la conocí.
Era mi madre.
No quería verme.
Era tan grande su dolor,
tan grande que me rechazó
por el sólo hecho de tomar
su tristeza
entre mis manos…
A pesar de tener tiempo
mucho tiempo
sin verla,
la contemplé y al momento
su rostro me abrazó
con el tierno lirio de su amor
maternal.
¡Oh, madre! Aún ausente
por los designios de la vida
yo te recuerdo como si estuvieras
en mis sueños,
en mis días,
en mis rezos…

viernes, 23 de abril de 2010

PURGATORIO

(A Alessandra Victoria Coronel; Jacqueline T.; A. Sinarai; M. B; ellas saben por qué…Dedico)
-***-
“Les aseguro que no estoy enfermo créanme

ni me suceden a menudo estas cosas
pero pasó que estaba en un baño
cuando vi algo como un ángel
"Cómo estás, perro" le oí decirme
bueno -eso sería todo
Pero ahora los malditos recuerdos
ya no me dejan ni dormir por las noches”
Raúl Zurita





Debo aclarar que el título de ésta crónica lo tomo prestado de la última obra de Tomás Eloy Martínez, sobresaliente novelista que nació el 16 de Julio de 1934 – para gloria de Sudamérica – y falleciera el 31 de Enero de 2010; y, aunque se casó – para no ser casado – y tuvo numerosas mujeres; su magno amor fue sin vacilación: Susana Rotker. Pero hoy no quiero hablar de literatura ni de cómo me vi obligado a comprar ésta obra que hace más de tres meses pedí a un amigo me la remitiera a mi lugar de destierro, ya que – por ahora, como dijera mi Comandante en Jefe en 1992 – no tengo trabajo alguno, y estoy triste, al mejor estilo de César Abraham Vallejo Mendoza: porque me da la gana. Por lo demás, tengo un torbellino de dudas rodando por mi cabeza. Ayer mi hermano Luis Alberto, cumplió dieciséis meses de muerto. He procurado recordar una que otra enseñanza bíblica y de nada me ha servido. ¿Cuántos libros religiosos, metafísicos, teológicos y filosóficos me he leído desde la época de mi bachillerato? Incontables. No por venir de un hogar clásico, plenamente religioso, católico: no, nada de eso. Por mi curiosidad intelectual. Nada más. Cuando murieron mis abuelos maternos, Papa Chú y Mama Teresa, me sumergí en ese laberinto profundo de la fe. Más adelante, cuando falleció mi hermano mayor, Jorge Franklin, yo – permítaseme la individualidad – hablaba de ello con mi hermano Luis Alberto. Él – Luis – era profundamente católico. Creyente en Dios y en la Virgen María en la advocación de la Chiquinquirá de Aregue. En mi caso particular, más por costumbre que por obligación, lo acompañaba a misa como en ocasiones hago con mis viejos padres, si bien, en más de una ocasión, me retiro del recinto eclesiástico, para no oír las peroratas del presbítero. (Y, créanme que no soy ningún apóstata ni nada que se parezca a ello). Dieciséis meses cumplió mi hermano de muerto. Dieciséis meses que unos truhanes, sin la valentía de dar la cara, lo asesinaron, cobardemente. Mi hermano Luis, tenía la costumbre de levantarse temprano, y antes de salir a trabajar, para llevar el sustento de su sudor a su familia, se persignaba y rezaba a las imágenes de la Virgen de Chiquinquirá y de San Benito. Por mi parte, yo – ¡por favor! Dispénseme mi yoismo o petulancia, como cariñosamente me dice el colega Dr. Ramón Pérez Linárez – también me levanto temprano. Y como Luis, también me persignaba y rezaba-sí, rezaba, mejor: oraba – y le pedía a la imagen de la Virgen de Lourdes que mi esposa me obsequió hace muchos años, por la salud y el bienestar de mis padres; pedía – sí, lo hacía – por todos y cada unos de mis hermanos; por mis hermanos de padre y madre; por mis hermanos de madre; y, por mis hermanos de padre; por mis hijos; por mi esposa; por una que otra gata…Bueno en fin, por todas las personas allegadas a mí. Desde que mataron a Luis, ya no lo hago. Ni rezo ni oro. Ni pido por nadie. Tampoco pido nada para mí. Ni siquiera después del vil atentado del que fui víctima el 19 de diciembre próximo pasado. (Por cierto, en esos días – permanecí 35 días en tres clínicas diferentes – recibí numerosas esquelas y mensajes de alientos, y uno de ellos, escrito por el Dr. Ramón Pérez Linárez, me hizo llorar en variadas ocasiones; no podía comenzar su lectura…Hasta que una tarde, parca y silenciosa, le pedí a mi hermosa bruja que me buscara la carta que Ramón me había escrito: ¡Y al fin! Conseguí leerla sin derramar una lágrima) Para paliar este dolor que socaban mis entrañas, me he dedicado mucho más a la lectura. Actualmente estoy escribiendo un libro sobre el debido proceso y la presunción de inocencia en el proceso penal que había dejado inconcluso, y del cual, solía comentarle a Luis, quien sin ser abogado o letrado, siempre se interesaba por mis cosas, sintiéndose orgulloso, cuando una que otra vez, y quizás por equivocación, yo ganaba algún premio. También he retomado un poemario que no tiene nombre sino arañazos y gemidos...Cada vez recuerdo el rostro demacrado de mi amada madre, una anciana de 82 años; y de mi viejo, de 85 años, quienes a cada rato me preguntaban – ya no lo hacen – cómo iban las investigaciones… Sé que están, posiblemente, como mi fe en el Creador: perdida... En verdad no sé si habrá justicia para mi hermano. Sé que ello no lo resucitará ni lo regresará a la vida. Hace unos días dialogando con un eminente colega mío, quien, del mismo modo, ha soportado adversidades, y, en todas ha salido airoso, le manifestaba que, con el tiempo, las heridas producidas por los sicarios que intentaron matarme, yo estaba seguro que no solo lo superaría sino que, asimismo, no le guardaría rencor ni odio a esas personas, que en el fondo, son merecedoras de misericordia, porque – inequívocamente – fueron criadas sin amor a la humanidad. En cambio, la muerte de mi hermano Luis Alberto en absoluto voy a superarlo. Viviré con ese dolor. Me acostumbraré a ese dolor. Me asiré al dolor de haber perdido a mi hermano. Es una lástima que ninguno de sus dos hijos varones se parezcan a él. En nada se parecen a mi hermano Luis Alberto. Han deshonrado su memoria. Por ello, de un tiempo a esta parte, he dejado de creer en el hombre. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado la esperanza en la eternidad. Ha creado mitos e íconos, viviendo por siglos, asido a la mentira. ¿Qué ello es sustancialmente fantástico, mágico? Por supuesto. Aporta tranquilidad, como cualquier quimera. Cuando recibo por facebook fotografías de mis hermanos fallecidos, como hoy, en la que fui etiquetado por mi hermana Raquelita, no encuentro palabras cómo expresar este sentimiento de añoranzas y tristeza que día a día, aprisiona lo que queda de mi ser.