(A Alessandra Victoria Coronel; Jacqueline T.; A. Sinarai; M. B; ellas saben por qué…Dedico)
-***-
“Les aseguro que no estoy enfermo créanme
ni me suceden a menudo estas cosas
pero pasó que estaba en un baño
cuando vi algo como un ángel
"Cómo estás, perro" le oí decirme
bueno -eso sería todo
Pero ahora los malditos recuerdos
ya no me dejan ni dormir por las noches”
Raúl Zurita
Debo aclarar que el título de ésta crónica lo tomo prestado de la última obra de Tomás Eloy Martínez, sobresaliente novelista que nació el 16 de Julio de 1934 – para gloria de Sudamérica – y falleciera el 31 de Enero de 2010; y, aunque se casó – para no ser casado – y tuvo numerosas mujeres; su magno amor fue sin vacilación: Susana Rotker. Pero hoy no quiero hablar de literatura ni de cómo me vi obligado a comprar ésta obra que hace más de tres meses pedí a un amigo me la remitiera a mi lugar de destierro, ya que – por ahora, como dijera mi Comandante en Jefe en 1992 – no tengo trabajo alguno, y estoy triste, al mejor estilo de César Abraham Vallejo Mendoza: porque me da la gana. Por lo demás, tengo un torbellino de dudas rodando por mi cabeza. Ayer mi hermano Luis Alberto, cumplió dieciséis meses de muerto. He procurado recordar una que otra enseñanza bíblica y de nada me ha servido. ¿Cuántos libros religiosos, metafísicos, teológicos y filosóficos me he leído desde la época de mi bachillerato? Incontables. No por venir de un hogar clásico, plenamente religioso, católico: no, nada de eso. Por mi curiosidad intelectual. Nada más. Cuando murieron mis abuelos maternos, Papa Chú y Mama Teresa, me sumergí en ese laberinto profundo de la fe. Más adelante, cuando falleció mi hermano mayor, Jorge Franklin, yo – permítaseme la individualidad – hablaba de ello con mi hermano Luis Alberto. Él – Luis – era profundamente católico. Creyente en Dios y en la Virgen María en la advocación de la Chiquinquirá de Aregue. En mi caso particular, más por costumbre que por obligación, lo acompañaba a misa como en ocasiones hago con mis viejos padres, si bien, en más de una ocasión, me retiro del recinto eclesiástico, para no oír las peroratas del presbítero. (Y, créanme que no soy ningún apóstata ni nada que se parezca a ello). Dieciséis meses cumplió mi hermano de muerto. Dieciséis meses que unos truhanes, sin la valentía de dar la cara, lo asesinaron, cobardemente. Mi hermano Luis, tenía la costumbre de levantarse temprano, y antes de salir a trabajar, para llevar el sustento de su sudor a su familia, se persignaba y rezaba a las imágenes de la Virgen de Chiquinquirá y de San Benito. Por mi parte, yo – ¡por favor! Dispénseme mi yoismo o petulancia, como cariñosamente me dice el colega Dr. Ramón Pérez Linárez – también me levanto temprano. Y como Luis, también me persignaba y rezaba-sí, rezaba, mejor: oraba – y le pedía a la imagen de la Virgen de Lourdes que mi esposa me obsequió hace muchos años, por la salud y el bienestar de mis padres; pedía – sí, lo hacía – por todos y cada unos de mis hermanos; por mis hermanos de padre y madre; por mis hermanos de madre; y, por mis hermanos de padre; por mis hijos; por mi esposa; por una que otra gata…Bueno en fin, por todas las personas allegadas a mí. Desde que mataron a Luis, ya no lo hago. Ni rezo ni oro. Ni pido por nadie. Tampoco pido nada para mí. Ni siquiera después del vil atentado del que fui víctima el 19 de diciembre próximo pasado. (Por cierto, en esos días – permanecí 35 días en tres clínicas diferentes – recibí numerosas esquelas y mensajes de alientos, y uno de ellos, escrito por el Dr. Ramón Pérez Linárez, me hizo llorar en variadas ocasiones; no podía comenzar su lectura…Hasta que una tarde, parca y silenciosa, le pedí a mi hermosa bruja que me buscara la carta que Ramón me había escrito: ¡Y al fin! Conseguí leerla sin derramar una lágrima) Para paliar este dolor que socaban mis entrañas, me he dedicado mucho más a la lectura. Actualmente estoy escribiendo un libro sobre el debido proceso y la presunción de inocencia en el proceso penal que había dejado inconcluso, y del cual, solía comentarle a Luis, quien sin ser abogado o letrado, siempre se interesaba por mis cosas, sintiéndose orgulloso, cuando una que otra vez, y quizás por equivocación, yo ganaba algún premio. También he retomado un poemario que no tiene nombre sino arañazos y gemidos...Cada vez recuerdo el rostro demacrado de mi amada madre, una anciana de 82 años; y de mi viejo, de 85 años, quienes a cada rato me preguntaban – ya no lo hacen – cómo iban las investigaciones… Sé que están, posiblemente, como mi fe en el Creador: perdida... En verdad no sé si habrá justicia para mi hermano. Sé que ello no lo resucitará ni lo regresará a la vida. Hace unos días dialogando con un eminente colega mío, quien, del mismo modo, ha soportado adversidades, y, en todas ha salido airoso, le manifestaba que, con el tiempo, las heridas producidas por los sicarios que intentaron matarme, yo estaba seguro que no solo lo superaría sino que, asimismo, no le guardaría rencor ni odio a esas personas, que en el fondo, son merecedoras de misericordia, porque – inequívocamente – fueron criadas sin amor a la humanidad. En cambio, la muerte de mi hermano Luis Alberto en absoluto voy a superarlo. Viviré con ese dolor. Me acostumbraré a ese dolor. Me asiré al dolor de haber perdido a mi hermano. Es una lástima que ninguno de sus dos hijos varones se parezcan a él. En nada se parecen a mi hermano Luis Alberto. Han deshonrado su memoria. Por ello, de un tiempo a esta parte, he dejado de creer en el hombre. Desde tiempos inmemoriales el hombre ha buscado la esperanza en la eternidad. Ha creado mitos e íconos, viviendo por siglos, asido a la mentira. ¿Qué ello es sustancialmente fantástico, mágico? Por supuesto. Aporta tranquilidad, como cualquier quimera. Cuando recibo por facebook fotografías de mis hermanos fallecidos, como hoy, en la que fui etiquetado por mi hermana Raquelita, no encuentro palabras cómo expresar este sentimiento de añoranzas y tristeza que día a día, aprisiona lo que queda de mi ser.
viernes, 23 de abril de 2010
domingo, 18 de abril de 2010
HACE FALTA OTRA COSA
(Al poeta Jonathan Mendoza, dedico)
“No llores…El mundo tiene demasiadas lágrimas…Hace falta otra cosa” Pablo Neruda
“No llores…El mundo tiene demasiadas lágrimas…Hace falta otra cosa” Pablo Neruda
Tengo el alma y el cuerpo lleno de cicatrices, como señal de que no ha sido fácil la vida. Sin embargo, no me arrepiento de nada. Quizás haber sido muy cándido en el peregrinar del camino. Antes coleccionaba amaneceres y geranios; una que otra prenda íntima femenina – como lo hacía don Sebastián Francisco de Miranda – que mis novias imaginarias – casadas, viudas, solteras, bembonas y de traseros voluminosos – dejaban tiradas o esparcidas, en lugares que hoy existen, solamente, en mi memoria. Ahora, colecciono recuerdos. Si algún pecado he cometido es haber confiado a ciegas en el hombre. He andado en medio de lobos, y, cabalgado sobre el caballo de la muerte. El tártaro no me es ajeno. He estado en él; sus huellas están tatuadas en mi piel. Dante Alighieri jamás imaginó ni conoció el infierno que me ha marcado para siempre. Confieso que soy cristiano ortodoxo. No practicante. Creo en Jesús de Nazareth como hombre y profeta. No soy gnóstico, porque a menudo veo el rostro de Dios, cuando hago el amor, claro está; creo en Jesús que predicó en Galilea no en su hermano gemelo: Simón, que, según los valentinianos, predicó en Siria, y quien fue igualmente sacrificado, por confabularse contra el poder de Roma, y como Jesús también resucitó al tercer día. Sin embargo, a pesar que María, la hija de Ana y Joaquín, descendientes directos de David, había parido a dos gemelos iguales, sólo uno de ellos era el hijo de Jehová: Jesús de Nazareth. (Acá entre nos: Juandemaro Querales, Míster Solo, cree que es posible que Jesús haya vivido y muerto en Cachemira, y le da la razón al escritor Andreas Faber-Kaiser; cree inclusive que Jesús tuvo descendencia con Magdalena; yo, en cambio, como sé que el presbítero Carlos Vivas, y mi bienamada madre, leerán ésta crónica, me abstengo de dejar constancia de mi discernimiento). Ha tiempo, alguien cuyo rostro angelical tampoco olvidaré, me preguntó: “¿Por qué escribes?” “Escribo – le explique a Génesis, una linda niña de piel morena, como la arena de la mar, que padecía de un cáncer terminal y ya le habían amputado todo su bracito derecho, quien con frecuencia visitaba mi oficina, en busca de algunos obsequios que yo siempre le guardaba a ella, y a su atormentado padre, algo de dinero para que comprara su medicina; le explicaba…a sabiendas de que ella no entendería mi respuesta – porque a pesar de no conocer el misterio de mi tristeza, hay alegría de piedra dulce en mi tristeza. Porque quizás algún día un idiota pueda matarme, pero no podrá enterrar la esperanza vivaz de mi lúgubre corazón”. (Vid. Corte de Apelaciones; Editorial Berkana; La Victoria, Edo. Aragua, Venezuela; año 2000; pág. 39). La historia de la traición es tan vieja como la humanidad. Por eso no creo en la religión de los sacerdotes pedófilos; ni en la amistad de falsos amigos, sino en el “Credo” de Aquiles Nazoa y el de Miguel Ángel Asturias. Por las noches, me desvelo, buscando la silueta de ausencia de mi gata en celo, y el frío pavoroso me convierte en un madero olvidado. Esta soledad que vivo y padezco me transforma en pájaro, hoja, y tallo. Busco su origen y encuentro la sonrisa de una vida salteada, por la envidia y por la sombra del averno que me sigue. Mi vida no ha sido fácil. A pesar de haber nacido en una humilde casa de la Calle San José de Carora, siempre me he comportado como lo que soy y seré siempre: un Príncipe de la poesía. El orbe me dio el privilegio de ser engendrado en el vientre de una mujer buena, sencilla, inteligente, honesta, valiente, como lo es, en efecto mi madre, quien ha tenido que presenciar el entierro de sus dos mayores hijos varones: uno, arrancado de la vida terrenal, por un cáncer terminal prostático; el otro, arrebatado por manos de delincuentes facinerosos, ratas asquerosas uniformadas de guardianes, cuando en realidad desprecian la condición humana; y, presenciar el destierro de la patria chica de su pequeño hijo, loco y vagabundo, a quien enseñó a distinguir el bien del mal, a no mentir, a no ser hipócrita, a decir siempre la verdad verdadera, aunque con ella se vaya al sepulcro. Decir la verdad con fingida modestia es hipocresía. No me gusta montar aviones. Pero hoy lo hago con frecuencia. A poco fui invitado por la Universidad del Zulia, en compañía del Dr. José Luis Tamayo Rodríguez, a dictar una conferencia sobre la prueba ilícita. “¿Hasta cuándo la ternura es castigo?” (Julio Jiménez) Si yo divulgara las cosas que sé de mis enemigos, ¿Qué ganaría yo con ello? Nada. Es mejor dejar el mundo como está: lleno de envidia y podredumbre. No he tenido suerte con los amigos. Pero a pesar de todo, no guardo rencor ni odio en mi corazón, ni siquiera a los infelices que atentaron contra mi vida la navidad pasada, porque con el suceder del tiempo, nadie hablará de ellos; nadie los recordarán; en cambio, mi nombre tiene un lugar ganado en la Historia de la Literatura y del Derecho Procesal Penal en Venezuela. ¿Qué hará el príncipe-poeta Leonardo actualmente? Se preguntará quien me recuerda fugazmente. Leo Un largo Camino a la Libertad de Nelson Mandela; esperando – ¿Llegará? – que el Magistrado Pérez Lanárez me traiga o me haga llegar, al menos, la última obra de Tomás Eloy Martínez: Purgatorio y que don Gilberto Abril Rojas me envié desde Colombia el libro: El Olvido que seremos de Héctor Abad Faciolince.
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